lunes, 2 de diciembre de 2013

EL VAMPIRO

Hola a todos.
Ha pasado ya una semana desde que hice la última entrada en este blog. Y ha pasado más tiempo desde que subí el último fragmento de El vampiro. 
Había pensado en subir un fragmento todos los sábados, pero me fue imposible hacerlo anteayer porque se me complicaron las cosas.
Hoy, os dejo con un nuevo fragmento de El vampiro. 
Vamos a ver lo que ocurre entre lady Parthenia y lord Ruthven.

-Está empezando a amanecer, milord-le avisó Igor, su mayordomo.
                   Lord Ruthven permanecía de pie frente a la ventana de su habitación. Casi deseaba contemplar la salida de Sol. Aquel astro grande y hermoso podía acabar con él. Se acabaría su sufrimiento.
-Está otra vez pensando en milady-observó Igor.
                    Lord Ruthven se giró para mirarle. Igor se acercó con paso tambaleante hacia el ataúd donde el aristócrata dormía desde el alba hasta la caída del Sol. Un ataúd lleno de tierra...Lo abrió. Los años pesaban ya sobre el cansado cuerpo de Igor.
-¿Recuerdas cómo nos conocimos?-le preguntó lord Ruthven.
-Yo estaba vagando por el bosque, buscando un animal muerto que comer-respondió Igor-Lo encontré tirado en el suelo. Parecía que estaba muerto. Pero no era así.
-Me llevaste a tu cabaña y me cuidaste. Tuviste mucha paciencia conmigo cuando me desperté.
-Lo he visto otras veces, milord. Le habían convertido en un vampiro. Pero vi que aún quedaba algo de humanidad en usted. Y lo sigo viendo. Esa joven...Le hace pensar que aún pueda quedar algo bueno en usted.
-Es cierto.
                        Lord Ruthven se apartó de la ventana.
-Estoy cansado, Igor-le comentó al mayordomo-Y quiero dormir hasta que salga la Luna.
-Sí, milord-asintió el mayordomo.
                       Igor había pasado toda su vida escondido en el bosque. Había sido abandonado al poco de nacer, hijo de una gitana que había sido repudiada por su tribu. Había nacido deforme. Su madre pensó que era a consecuencia del pecado que había cometido. Tener un hijo sin estar casada.
                      Igor huía de la gente. Y la gente, a su vez, huía de Igor. El único que había mostrado tenerle verdadero apreció era lord Ruthven. A cambio, Igor le servía con total lealtad.
                      Dieciocho años habían pasado desde que encontró a lord Ruthven tirado en el suelo del bosque. Dieciocho años habían pasado desde que le vio luchar contra aquel monstruo en el que se había convertido. Un monstruo que tenía sed de sangre. Vivían los dos aislados en aquella mansión que estaba casi en ruinas.



                        Lord Ruthven se metió dentro del ataúd. Se acostó en él. Cruzó las manos a la altura del pecho.
-Cierra la tapa-le pidió Igor-Y no me molestes.
                      Igor obedeció.

                      Antes del anochecer, unos golpes en la tapa del ataúd despertaron a lord Ruthven. El joven aristócrata se envaró cuando Igor abrió la tapa.
-¿Ya ha anochecido?-le preguntó.
-Milord, una joven ha venido a verle-respondió su mayordomo-Es ella.
                       Una ola de calor inundó el cuerpo de lord Ruthven. Parthenia había ido a verle. La joven estaba esperando en el salón de la mansión. Había oído rumores acerca de que lord Ruthven vivía en una mansión en ruinas. Ahora, estando allí, los rumores se tornaban ciertos. Había telarañas en muchos sitios. ¿Acaso no tiene dinero para contratar a unos criados?, se preguntó Parthenia. Había cosas que no entendía.
Lord Ruthven hizo acto de presencia en aquel momento.
-Lady Parthenia...-la saludó-¡Qué agradable sorpresa! ¿Qué está haciendo aquí?
-Me gustaría hacerle unas cuantas preguntas, milord-contestó Parthenia.
                    Una capa de color oscuro cubría su vestido de color blanco. Las velas encendidas le daban la apariencia de un ser sobrenatural.
-Una conocida mía, la señorita Daisy Maning, sufrió un ataque hace unos días-relató-No se sabe a ciencia cierta quién lo hizo. Pero sí se sabe que fue un ataque extraño.
-Lamento mucho oír eso-se excusó lord Ruthven-Pero yo no sé nada. De saberlo, no le quepa la menor duda de que la ayudaría.
-Mi amiga Becky piensa que ha sido usted. Yo no la creo. No quiero creer que usted sea capaz de cometer semejante atrocidad.
                        Se paseó con aire lánguido por el salón.
                       Dime que no has sido tú, por favor, pidió Parthenia. Dime que no has sido tú y te creeré. Lo que más deseo en estos momentos es creerte.
                         Lord Ruthven se puso delante de ella.
-Yo le juro por la memoria de mis antepasados que no tengo nada que ver con el ataque que esa joven ha sufrido-le aseguró-Y me gustaría averiguar quién lo ha hecho.
                        Se acercó a ella.
-Gracias...-susurró Parthenia-Sabía que usted no podía haber hecho semejante atrocidad.
                         Había un destello de alegría en sus ojos.
                         Lord Ruthven se quedó sin habla.
-Sabía que podía confiar en usted-añadió Parthenia-Me ayudará a descubrir quién lo hizo. ¿Verdad?
                        Lord Ruthven asintió. Durante dieciocho años, había creído que estaba muerto.
                        Aquella mujer le robó el alma. Pero Parthenia parecía empeñada a devolvérsela.
                       Parthenia confiaba de un modo ciego en él. Aquel pensamiento le desarmó. Yo no soy la clase de hombre que te conviene, pensó. Podía escuchar la circulación de la sangre de Parthenia. El olor que desprendía su cuerpo le turbó. La cercanía de la chica le asustaba. Le hacía sentirse más débil. Él no había tenido nada que ver con el ataque que Daisy Maning había sufrido. Pero se iba a enterar de quién estaba detrás. Por Daisy...Por Parthenia...
                        Casi sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, Parthenia posó sus labios sobre los fríos labios de lord Ruthven. Lo besó de manera fuerte y apasionada. Aquel hombre tenía algo que la hacía sentirse rara. Yo no soy yo cuando estoy con él, pensó.
-Tengo que irme-le dijo.
                        Salió corriendo de la mansión. Le temblaba muy deprisa el corazón. Ya había anochecido.

domingo, 24 de noviembre de 2013

LA BALADA DEL CONDE ORLAK

Hola a todos.
No sabría cómo definir esto que se me ha ocurrido.
No se me da bien escribir poemas. Lo he intentado en un par de ocasiones a lo largo de mi vida, pero nunca he conseguido hacer buenas rimas. Me gusta la poesía y disfruto leyendo poemas, pero no me atrevía a escribir un poema.
Hoy, he decidido intentar hacer algo, aunque no creo que me haya salido bien.
No se trata de un poema, porque ninguna frase rima. No se trata tampoco de ninguna historia corta. No sé bien lo que me ha salido.
Vamos allá.

LA BALADA DEL CONDE ORLAK

     

                       Ya es noche cerrada en el pueblo. La Luna llena estaba tapada por una nube. Alguien camina por el pueblo, ya desierto. Ya sumido en la oscuridad...
                             El conde Orlak sube por la escalera. Su sombra se proyecta sobre la pared. Tiene sed. 
                             No se trata sólo de sed. Se trata de un anhelo. De un sentimiento que creía haber olvidado hace tanto tiempo. 
                              Algo que le hacía sentirse vivo. 
                             Helen espera nerviosa. Le dedica todos sus pensamientos a su marido ausente y enfermo. Piensa en el pueblo que está muriendo. Y ella se retuerce las manos. Se pasea de un lado a otro de la habitación. Nota cómo los latidos de su corazón comenzaban a ser cada vez más rápidos. El Diablo está aquí, piensa. Y he de acabar con él. 
                           La puerta de su habitación se abre. Helen nota cómo la sangre se hiela en el interior de sus venas. Desea gritar. No puede gritar. Debe de fingir que se alegra de verle. Que la tiene subyugada. 
                          Orlak la contempla y siente que ha encontrado a la mujer que debe de acompañarle en su Eternidad. La Eternidad, cuando uno está solo, se hace pesada. Se hace triste. Y Orlak lleva mucho tiempo solo. 
                            Se acuesta en la cama. Mira por la ventana y se pregunta cuándo amanecerá para poder alcanzar su victoria. 
                            Tiene los ojos muy abiertos mientras se fija en Orlak. El conde se acerca a ella. Siente su rostro cada vez más cerca de su rostro y sus ojos espantosos se clavan en los suyos. No me mires, piensa Helen. Siente los labios de Orlak en su frente. 
                            Los ojos de Helen están secos. El pensar en su amado esposo le transmitía valor. El saber que él viviría gracias a su sacrificio le hizo sonreír. 
                           Orlak amaba a Helen desde la primera vez que la vio. Tuvo la sensación de que estaba viendo a un ángel. Helen se había metido en su ser y le hacía sentir que tenía de nuevo un alma. Un corazón...Los ojos de Helen, de color dorado, le perseguían hasta en sueños. Aquella mujer le tenía esclavizado. Y Helen, voluntariamente, quería darse a él. 
-Me amas-parece susurrar. 
-Thomas...-piensa Helen. 
                          Lucha por no echarse a llorar. Thomas se pondría bien. 
                          Los labios del conde Orlak se posan sobre los de Helen. 
                          ¿Cuándo amanecería?, se pregunta ella. Nota cómo su corazón se va parando poco a poco. Entonces, los labios del conde se posan en su cuello. 
                           Siente el dolor. Los dientes de aquel ser se clavan sobre su cuello. Helen no es capaz de pensar en nada. Su mente sólo susurra frases de despedida. 
-Adiós...-piensa. 
                             Orlak muerde y chupa. 
                            Se aparta de ella y contempla su cuerpo tumbado en la cama. Debe terminar de convertirla cuanto antes. Se inclina de nuevo sobre ella y la besa en los labios. 
                             De pronto, siente dolor. 
                             Se aparta de Helen. Está empezando a amanecer. Los rayos de Sol dan de lleno sobre el conde. No puede apartarse de la ventana. Siente que su final ha llegado. Se limita a sentir cómo los rayos de Sol acaban con su vida inmortal. Mira a Helen. Helen...Su Helen...Ella había acabado con él. Aún así, de algún modo retorcido, mientras su cuerpo se desintegra, Orlak no puede sentir odio hacia ella. La ama. La ama aún más. 

 

sábado, 23 de noviembre de 2013

ANUNCIO ACERCA DE "EL VAMPIRO"

Hola a todos.
Hoy, me gustaría hacer un anuncio acerca de mi relato El vampiro. 
Lo que quiero deciros es que, a partir de la semana que viene, todos los sábados, subiré un fragmento de El vampiro. 
Todos los sábados veremos cómo avanza la relación entre Parthenia y lord Ruthven.
¿Puede acaso un vampiro enamorarse de una humana?
Si os gustan las historias clásicas de vampiros atormentados por su sed de sangre, con algo de picante, espero que os guste El vampiro. 


viernes, 22 de noviembre de 2013

EL VAMPIRO

Hola a todos.
Hoy, vamos a ver un nuevo fragmento de El vampiro. 
Esta vez, nos vamos a centrar en la investigación acerca de lo ocurrido a Daisy Maning, la joven que apareció en Green Park con un mordisco en el cuello.
¿Guardará lord Ruthven una relación con lo ocurrido?

                         La última vez que Alec vio a Lizzie, le comentaron que estaba esperando un hijo. No se le notaba mucho su embarazo. Cuando volvió a verla, en Regent Street, la joven vizcondesa se dirigía a la casa de Daisy Maning para visitarla. Daisy vivía en la misma calle y Alec se encontraba allí perdiendo el tiempo. Robert le había devuelto la asignación que le  había quitado dos años antes. De modo que estaba recuperando poco a poco su viejo estilo de vida. Tenía la sensación de que todo lo que había vivido al lado de Becky era producto de un extraño sueño. Lizzie estuvo a punto de tropezar con él al doblar la esquina. Hizo ademán de seguir su camino, pero Alec se interpuso.
                       Hacía semanas que Lizzie se negaba a salir a la calle.
                      Pero lo que le había ocurrido a su antigua alumna la había forzado a salir del encierro en el que vivía desde que perdió el bebé que esperaba. Su marido, de algún modo, la culpaba de lo ocurrido.
-Buenos días, lord Alec-le saludó con frialdad.
                      Le dolía pensar que hubo un tiempo en el que amó a aquel hombre.
-¿Por qué me llamas así?-le preguntó Alec-Creía que éramos amigos.
-Le ruego que no me moleste-respondió Lizzie, nerviosa.
                      Alec clavó la mirada en el vientre plano de la joven vizcondesa. Según sus cálculos, Lizzie debía de estar en el séptimo mes de gestación.
-¿Y tu vientre, Lizzie?-le preguntó a bocajarro-Jacinda me contó que estabas embarazada. No se te nota nada.
-Perdí el bebé-respondió la joven-Déjeme ir.
-¿Qué ocurrió?
-Fue un accidente.
-Cuéntamelo.
-No puedo. Voy a visitar a Daisy Maning. Fue mi alumna durante bastante tiempo. Estoy muy preocupada por ella.
-Jacinda te envía recuerdos. Dice que hace tiempo que no vas a verla. Te acompaño. Así, podremos hablar. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.
                      El trayecto hasta la casa de los Maning se le hizo eterno a Lizzie. Había creído que Devlin la había hecho olvidar a Alec. Quizás, había perdido la virginidad con él. Pero el recuerdo de Alec seguía demasiado presente en su vida.
                     No cruzaron apenas palabra durante el trayecto, que duró, por suerte, apenas unos minutos. Lizzie lo agradeció.



                          El mayordomo de los Maning les abrió la puerta.
                          El ambiente en el interior de la casa era casi de funeral. Los padres de Daisy no paraban de llorar. Por suerte, su hija se estaba recuperando.
-¡Dirán que es una perdida!-sollozó mistress Maning.
                        Alec y Lizzie entendían por lo que estaban pasando. Daisy había sido encontrada herida en Green Park. Pero había accedido a salir con un caballero a solas. Su virtud, por suerte, estaba intacta. Pero la gente ya estaba hablando de ella. Estaba hablando mal de ella.
-Me gustaría hablar con ella-dijo Lizzie.
                      La cercanía de Alec la incomodaba de sobremanera.
-Daisy no quiere hablar-le explicó mister Maning-Tiene pesadillas. Le asusta recordar todo lo que ha vivido.
                       Aún así, accedió a que Lizzie hablara con su hija. Pensó que la joven se sentiría mejor si hablaba con alguien de confianza. Y ella confiaba en la mujer que había sido su maestra. El mayordomo la condujo a ella y a Alec hasta la habitación de Lizzie. El tener a Alec tan cerca la asustaba. Casi podía sentirle. Debo de gustarle ahora porque estoy casada con otro, pensó con ironía.
                      Daisy permanecía acostada en su cama. La herida que tenía en el cuello era demasiado visible. No dio muestras de alegrarse cuando vio entrar en su habitación a su antigua profesora. Tenía la mirada perdida. Lizzie la saludó dándole un beso en la mejilla.
-¿Cómo estás, querida?-le preguntó-He venido a verte.
                   Daisy no le devolvió el saludo.
                  Alec permaneció en un aparte mirando a la joven. Deseó saber qué estaba pasando por su mente en aquellos momentos.
-Fui porque quería ir-dijo Daisy de pronto-Nadie me obligó. Vio que yo quería ir con él a cualquier sitio. Estaba como hipnotizada.
-Querida, he venido porque quiero ayudarte-le explicó Lizzie-Tienes que ayudarme a averiguar quién te hizo eso.
-Hay otras. Tiene sed.
                      Alec frunció el ceño al oír hablar a Daisy. No entendía nada de lo que quería decirle a Lizzie.
-¿Qué significa eso de que tiene sed, señorita Maning?-intervino.
-Bebió de mi sangre porque tenía sed-contestó Daisy. Su mirada pareció tornarse como enloquecida-Yo le oí beber de mí. No tenía ni fuerzas para luchar contra él. ¡No quería luchar! Estaba a su merced.



                      Lizzie sintió cómo se le paraba el corazón al oír hablar a Daisy.
-No puede decir nada-le susurró Alec-Está aún conmocionada por lo ocurrido. Vendremos a verla dentro de unos días.
-Daisy, querida, descansa-le exhortó Lizzie-Tienes que recobrar las fuerzas.
-Está buscando a otra víctima. ¡Tiene que detenerlo!
                    Aferró con fuerza el brazo de Lizzie mientras hablaba.

                   Se sintió mejor cuando abandonó la casa de los Maning. Se detuvo de pronto para apoyarse en una pared. Tenía la sensación de que se iba a desmayar.
-¿Te encuentras bien?-le preguntó Alec.
-Sí...-respondió Lizzie-Estoy sólo un poco acalorada. Nada más...
-Lizzie, quiero ayudarte. Es obvio que el hombre que atacó a Daisy volverá a hacerlo.
-Daisy no quiere hablar.
-Creo que ella es la primera interesada en enviarle a Newgate. Pero está demasiado traumatizada como para hablar. Hay que darle tiempo.
                    ¿Y quién me da tiempo a mí?, se preguntó Lizzie.
-¿Vas a contarme lo que te ha pasado?-inquirió Alec.
-Sufrí un aborto-contestó Lizzie-Tendré más hijo.
                   Pero su contestación no dejó tranquilo a Alec.
-¿Y qué dice Devlin?-quiso saber.
                   Lizzie no quería hablar con Alec acerca de su matrimonio. Hasta la vizcondesa viuda de Strathmore se daba cuenta de que ya no eran pareja. Devlin pasaba más tiempo fuera de casa que a su lado.
                     Su cuñada Sarah había intentado hablar con él en numerosas ocasiones. Sin embargo, Devlin no quería hacer nada por salvar su matrimonio.
-Él está bien-contestó Lizzie.
                    Le dolía demasiado hablar de Devlin. Buscó un carruaje libre para subirse en él y alejarse de Alec. Pero no veía ninguno. Alec pensó en cómo habría sido su vida de haberse casado con Lizzie. La conocía desde hacía muchísimo tiempo. Había llegado a creer que terminaría casado con ella.
-La vida es un poco curiosa-comentó Alec-Tú estás casada con Devlin. Y yo voy a casarme con Becky.
-Le ruego que no me moleste-le pidió Lizzie-Como ya ha dicho, yo estoy casada. Y usted va a casarse.
-Entonces, no quieres que seamos amigos. Pensé que me habías perdonado.
-Sí...No...
                       Por suerte, un carruaje se detuvo cerca de donde estaban ellos. Lizzie se acercó con paso apresurado hasta él. Pero Alec la seguía. La detuvo.
-Manténme informado-le pidió-Quiero atrapar a ese canalla.
-Así lo haré-aceptó Lizzie-Pero...Déjeme ir. Mi cuñada Sarah me está esperando.
                    Alec le dio un beso en la mejilla a modo de despedida.
                    Lizzie se subió al carruaje y cerró la portezuela. Rompió a llorar cuando se quedó sola. Tenía la sensación de que el mundo se desmoronaba a su alrededor. Devlin y su matrimonio fracasado...La pérdida de su bebé...El ataque que había sufrido Daisy. El ver de nuevo a Alec. Tenía la sensación de estar atrapada en mitad de una pesadilla. Y no sabía qué hacer para despertar.

jueves, 21 de noviembre de 2013

EL VAMPIRO

Hola a todos.
Hoy, veremos el encuentro entre Parthenia y lord Ruthven. ¿Qué pasará?
¡Vamos a descubrirlo!

                         Era cerca de la medianoche. Parthenia esperaba a lord Ruthven a orillas del lago Serpentine, en Hyde Park. Se había puesto encima de su vestido una capa de color oscuro. Tenía la sensación de que podía fundirse con la noche.
                      No se percató de que lord Ruthven había hecho acto de presencia hasta que lo tuvo delante suyo.
-Me ha asustado-dijo.
-He recibido su nota-dijo lord Ruthven.
-Tenemos que hablar.
                    Lord Ruthven cogió la mano de Parthenia y se la besó con suavidad. Los labios del joven caballero estaban muy fríos. Pero, al mismo tiempo, transmitían una calidez que traspasaban el alma de Parthenia. Como pudo, se apartó de él.
-Lo que ocurrió la otra noche fue un error-empezó a hablar-No debió de haber pasado. Usted me agrada. Y disfruto mucho de su compañía.
                   Lord Ruthven se envaró al escuchar a Parthenia. Podía percibir en ella cierta lucha entre lo que sentía y entre lo que esperaban los demás de ella. Mechones de pelo rubio se escapaban de la capa. Sus ojos grises brillaban al posarse sobre él.
-Voy a casarme con lord Piers Draxinger-prosiguió Parthenia.
-¿Piensa casarse con un hombre que no la ama?-inquirió lord Ruthven.
                  Se acercó aún más a Parthenia y le acarició la mejilla con la mano.
-No quiero protagonizar un escándalo-contestó la joven.
                  La mano de lord Ruthven estaba muy fría. Sin embargo, aquella mano parecía querer decir más que cualquier palabra bonita que le había dicho lord Draxinger. Aquel pensamiento turbó a Parthenia. ¿Por qué este hombre despierta esta clase de sentimientos en mí?, se preguntó.
                  Lord Ruthven se acercó todavía más a ella.
-¿Tiene miedo de mí?-indagó.
-Becky dice que usted es peligroso-contestó Parthenia-Pero no le tengo miedo. Es bueno.
                  Lord Ruthven depositó un beso sobre la mejilla de Parthenia, muy cerca de su boca.



                    Bueno, pensó.
                   Parthenia le había dicho que era bueno. Aquella muchacha confiaba ciegamente en él.
                    Llevaba mucho tiempo buscando a la mujer que debía de ser su compañera en su Eternidad. Y, finalmente, la había encontrado en la figura de la hija del duque de Westland.
-¿Quiere dejar de verme, milady?-quiso saber.
-Becky me aconseja que me aleje de usted-contestó Parthenia.
-No piense en su amiga. No es quién para darle consejos cuando va a casarse con el querido de Eva Campion. Piense en usted. ¿Qué es lo que desea?
                 Parthenia guardó silencio.
                 Recordó todo lo que había hecho a lo largo de su vida. Había sido la hija perfecta del duque de Westland. Se había convertido en la perfecta prometida de lord Draxinger. Había hecho lo que los demás esperaban de ella.
-Quiero estar con usted-se sinceró-Quiero ser su amiga. Le veo muy solo.
                   Lord Ruthven apretó los puños. La dulzura de Parthenia le desarmaba. Aquella muchacha no hacía para nada honor al sobrenombre que le habían impuesto los amigos del sinvergüenza de su prometido. La Reina de Hielo...
-Le ruego que no piense tanto en los demás-la aconsejó-Y le ruego que no piense tanto en mí.
-¿Rechaza ahora mi compañía?-se extrañó Parthenia.
-Hay cosas que no entiende.
-Puede explicármelas.
                     ¿Cómo le explico que siento sed de ella? ¿Cómo le explico que ha nacido para ser mi compañera? ¿Cómo le explico que verla supone para mí una dolorosa y dulce tortura? ¿Cómo le explico esta sed que me consume y me atormenta? Una sed maldita de sangre...Parthenia nunca lo entendería.
Tan frágil...Tan etérea...
-Parthenia...-susurró.
                  Los labios de ambos se encontraron. Parthenia rodeó con sus brazos el cuello de lord Ruthven. Cerró los ojos y se dejó llevar por aquel beso largo y denso.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

EL VAMPIRO

Hola a todos.
Hoy, os traigo un nuevo fragmento de El vampiro. 
Un suceso conmociona a todo Londres. Becky compartirá sus sospechas acerca de quién puede estar detrás con Parthenia.

                     Una de las antiguas alumnas de Elizabeth Carlisle, Daisy Maning, apareció desmayada en Green Park. Un vagabundo la encontró sin sentido y con una herida en el cuello hacia el amanecer. Daisy no recordaba a ciencia cierta lo ocurrido la noche anterior. Su antigua profesora, que era desde hacía algún tiempo la nueva vizcondesa de Strathmore, fue a visitarla. Daisy habló a solas con ella. Le contó que había ido a un baile que se celebraba en casa de los Swanson. Un caballero la sacó a bailar y notó una extraña sensación cuando la tomó entre sus brazos para una contradanza. El caballero se ofreció a llevarla a su casa sin decirle nada a sus padres y Daisy cometió el error de aceptar. En lugar de llevarla a su casa, el caballero la llevó a Green Park. Aquel hombre la besó de un modo tan apasionado que dejó sin habla a Daisy. Pero aquel hombre no se contentó sólo con eso, sino que, de pronto, le dio un mordisco en el cuello. Daisy sintió cómo se le escapaba la vida, pero no hizo nada por huir. Tenía la sensación de estar como drogada.
                    Becky había ido a la mansión de los Westland a tomar el té.
-Supongo que habrás leído The Times-le contó a Parthenia-Ya sabrás lo que le ha pasado a la pobre Daisy Maning.
-El mundo está lleno de desaprensivos-opinó su amiga-Me temo que lady Strathmore ha sido una maestra bastante lamentable.
-¡Estoy segura de que lord Ruthven está detrás de ese ataque! Ese hombre...
                   Parthenia le tendió una taza llena de té a Becky.
                   Arqueó una ceja al escuchar cómo su amiga acusaba a lord Ruthven del ataque que había sufrido la pobre Daisy.



                 Parthenia bebió un sorbo de su taza de té.
-¿Cómo puedes estar tan segura de lo que dices?-interrogó a Becky-Lord Ruthven puede ser un hombre raro. Pero estoy segura de que es todo un caballero.
-No se relaciona con casi nadie-le explicó su amiga-No va a los Clubs. No tiene amigos.
-Pero eso no significa nada. No todos los hombres se dedican a perder su tiempo en los Clubs. Yo valoro mucho eso. En serio, Becky. No puedes decir que ha sido él quién ha atacado a Daisy Maning. ¿Qué dice ella?
-Dice que apenas recuerda el rostro de aquel hombre. Sólo puede recordar que tenía los ojos de un color rojo muy intenso.
                    Becky cogió una pasta y le dio un mordisco.
                   Parthenia había conocido a lord Ruthven casi al mismo tiempo que conocía a lord Draxinger. Lord Ruthven llamó la atención de Parthenia desde la primera vez que lo vio. Pero se vio acosada por lord Draxinger. En un primer momento, la joven se sintió atraída por aquel apuesto caballero que tanto interés mostraba en ella. Luego, la relación se enfrió debido a la mala fama que tenía lord Draxinger. Entonces, apareció en su vida el Príncipe Mikhail Kurkov. Un hombre que parecía estar interesado en ella, aunque sus planes eran más bien oscuros. Parthenia, aún siendo cortejada por Mikhail, seguía pensando en lord Draxinger. Finalmente, pensó que su sueño se hizo realidad cuando su amado le declaró su amor. Pero Parthenia no tardó mucho tiempo en despertar de aquel sueño.
                   Estaba al tanto de la mala situación económica por la que estaba atravesando su prometido.
-Lord Ruthven no tiene los ojos de color rojo-afirmó Parthenia-No puede ser él.
-Aún así, no me fío nada de ese hombre-insistió Becky.
-Te fiaste de Alec cuando lo conociste, a pesar de la mala fama que tiene. Y preferiría no tener que recordarte que tiene que casarse contigo.
-Es distinto. Alec y yo nos amamos.
-¿Tú confías en él, Becky? Dime la verdad.
-Si te soy sincera, no. No confío nada en él. Ha ido a visitar a lady Strathmore tras enterarse de lo que le ha pasado a Daisy Maning. Se ha ofrecido a ayudarla. Lo hace por lady Strathmore. No por Daisy...Sé que la amó en el pasado. O creyó amarla. Pero mi caso es distinto. Eres tú quien está en peligro.
-Voy a hablar con lord Ruthven. Aclararé que valoro mucho su amistad. Pero que no puede haber nada entre nosotros. Te diré una cosa. Le tengo mucho cariño a lord Ruthven. Siento que está muy solo.
-Puede que tu prometido sea un mal bicho, Parthenia. Pero no deberías de acercarte tanto a lord Ruthven. Ni siquiera como amiga...Hay algo en él que me asusta.
-Hablaré con él.
-¡Ni se te ocurra hablar con él!
-Tengo que aclarar las cosas con lord Ruthven. Después de eso, no volverá a verle nunca más. No quiero que piense mal de mí.



                        Becky bufó con gesto de fastidio.
-Iré contigo-se ofreció-Sé defenderme. Tu prometido te puede dar buena fe de ello.
                       Parthenia se echó a reír. Pero rechazó el ofrecimiento de Becky.
-Prefiero hablar a solas con él-le aseguró-Le enviaré una nota.
                      Becky la miró con preocupación. Parthenia se daba perfecta cuenta de que había cometido un error al mostrarse tan receptiva con lord Ruthven.
-Pero echaré de menos su compañía-se sinceró-Me siento cómoda cuando estoy con él. Siento que le puedo contar todo lo que pasa por mi cabeza. Y que él me escucha. Que me presta atención. Siento que soy la única mujer que existe para él.
-No digas eso cuando vayas a verle-le sugirió Becky.
-Pero es así como me siento.
                   Parthenia no soportaba los escándalos. Dejaría de ver a lord Ruthven porque no quería dar de qué hablar a las matronas cotillas de la ciudad. A pesar de que estaba en boca de todos debido a los numerosos escándalos que protagonizaba lord Draxinger. Pero le dolía pensar que no iba a verle. Sentía un pinchazo en su corazón.
-Tendré cuidado-le prometió a Becky.

martes, 19 de noviembre de 2013

EL VAMPIRO

Hola a todos.
Hoy, continuamos subiendo más trozos de El vampiro. 
Veremos a lord Ruthven en acción. ¿O actúa así movido por la atracción que siente hacia Parthenia? ¡Vamos a descubrirlo!

                           Las reuniones que celebraba el duque de Westland en su casa eran muy concurridas. Solían ser amenizadas por los conciertos caseros de piano que ofrecía su hija Parthenia.
                           La reunión que celebró aquella tarde no fue ninguna excepción. Parthenia interpretó una pieza de Mozart mientras los asistentes la escuchaban atentos. El duque miraba a su hija con orgullo. Pero frunció el ceño al ver que entre los asistentes se encontraba un invitado inesperado. Parthenia notó susurros de desagrado entre los que estaban allí.
                       Por el rabillo del ojo, la joven divisó una figura vestida por completo de negro. El corazón le dio un vuelco al reconocer a aquel hombre. Era lord Ruthven. Y no dejaba de mirarla fijamente.
                      Parthenia fue aplaudida cuando terminó la pieza. Su prometido se acercó a ella para besarla en la frente.
-Lo has hecho muy bien, querida-la felicitó-Estoy muy orgulloso de ti.
                      Parthenia arqueó una ceja. Lord Draxinger volvió a besarla en la frente.
-La esposa de un aristócrata tiene que ser perfecta en todo-suspiró Parthenia.
                     Becky se acercó a ella y la llevó a un aparte. Miraba con cierto temor en dirección al rincón donde lord Ruthven parecía estar acechando.
-Deberías de decírselo a tu padre-le exhortó Becky a su amiga-Piers no hará nada, pero tu padre hará algo. ¡Por el amor de Dios, Parthenia! Ese hombre te está molestando.
-Lord Ruthven me agrada, Becky-afirmó Parthenia-¡Cómo se nota que no le conoces! Es un joven agradable y educado. No se parece en nada a Piers.
-Deberías tener cuidado con él. Hay algo maligno en su persona.
                 Parthenia se echó a reír.
-También se decía que había algo maligno en lord Alec Knight-bromeó.
-No es lo mismo-replicó Becky-Alec es bueno en el fondo. Pero...Ese lord Ruthven...¡Hay algo en él que no me gusta nada!
-De acuerdo...No quiero discutir contigo. Me ayudaste a darme cuenta de la clase de hombre que era Mikhail Kurkov. Nunca lo olvidaré. Supongo que estarás en lo cierto. Pero la otra vez tenías pruebas en contra de Mikhail. No tienes nada en contra de lord Ruthven.
-Se parece demasiado a mi primo.
                      En aquel momento, lord Ruthven se acercó a las dos jóvenes. Las saludó con una ligera reverencia. Becky empezó a temblar de tal modo que Parthenia pensó que acabaría desmayándose. En aquel momento, una de las cuñadas de Alec, lady Miranda, la esposa de su hermano Damien, la llamó.
-Miranda nos llama-le comentó a Parthenia.
-Ve tú primero-le instó su amiga-Yo iré después.
                   No podía apartar la vista de lord Ruthven. Becky se vio obligada a desistir de su empeño en apartar a su amiga de aquel hombre. Se fue corriendo al lado de la cuñada de su prometido.



-Quisiera felicitarla-dijo lord Ruthven-Ha estado usted sublime.
-Muchas gracias...-contestó Parthenia-Toco el piano desde que era pequeña. Mi institutriz me decía que una dama debía de saber un poco de todo. Se empeñó en que debía de aprender a tocar el piano. Decía que eso animaba mucho una reunión.
-Las reuniones a las que usted asiste nunca son aburridas, milady.
-Es usted muy amable, milord. Estoy en mi segunda temporada y no tardaré mucho en casarme.
                     Lord Ruthven miró por el rabillo del ojo a lord Draxinger. Pensó que aquel hombre no se merecía a una joven como Parthenia.
-¿Ha fijado ya la fecha de la boda?-inquirió-Me gustaría hacerle un buen regalo.
-Me temo que no hay aún fecha para la boda-contestó Parthenia casi con alivio-Mi prometido dice que aún es muy pronto. Nos conocimos cuando fui presentada en sociedad, hace ya un año. Se dedicó a perseguirme y yo le rechazaba. Antes de anunciar nuestro compromiso, estuve a punto de prometerme con otro hombre.
-El Príncipe Kurkov...He oído hablar de él. Su prima y usted son muy amigas. La futura lady Rebecca no se parece en nada a su primo. Un asesino...Un conspirador...Pero me temo que yo tampoco le caigo bien a su amiga.
-Becky sufrió mucho a manos de su primo, milord. Se ha vuelto un poco desconfiada desde entonces. Y me temo que su futuro marido tampoco le inspire mucha confianza. Se parece demasiado a Piers. No quiero hablar mal de ninguno de los dos. Le ruego que no me malinterprete. Sólo quiero explicarle cómo son.
                  Lord Ruthven sintió que se asfixiaba dentro del salón. El pelo suelto de Parthenia caía como un suave manto sobre su espalda. Se sentía tentado a cometer una locura en aquel salón lleno de estúpidos. No veía a Parthenia como una fuente de alimento. La veía a su lado como su compañera. La mujer que debía de acompañarle en su Eternidad.
-Salgamos fuera-le sugirió a la muchacha-Hace demasiado calor.
-Sí...-dijo Parthenia-Usted me inspira confianza, lord Ruthven. Me siento cómoda hablando con usted. Le parecerá una tontería.
-No es ninguna tontería. Desahóguese conmigo si eso le hace bien.
                   Los dos salieron al jardín. Era noche cerrada. Los ojos de Parthenia brillaban como la más hermosa de las estrellas. Lord Ruthven trató de controlarse. Podía escuchar el sonido de los latidos del corazón de Parthenia. Podía sentir cómo la sangre de la joven corría por sus venas. Era demasiado tentadora.
                   Parthenia se fijó en un carruaje oscuro que destacaba sobre los demás carruajes que estaban detenidos en la calle. Lo tiraban caballos también de color oscuro.
-¿Es ése su carruaje?-le preguntó a lord Ruthven-Es bastante llamativo.
-Me gusta el color negro-respondió el joven aristócrata-Es el color de la noche. La noche es hermosa. Llena de secretos...De misterios...
                   Cogió la mano de Parthenia y se la besó con suavidad. Ella le miró a los ojos sintiéndose hipnotizada por él.
-Dígame una cosa-dijo lord Ruthven-¿A usted le gusta la noche, milady?
-Todas las fiestas a las que asisto se celebran de noche-contestó Parthenia-Los bailes...Los banquetes...
-Me refiero a lo que piensa de la noche. ¿Nunca se ha parado a mirar las estrellas? ¿No siente que hay algo atrayente en esta oscuridad que nos rodea? Puede ser que haya alguien acechándonos oculto en las sombras. La noche atrae el peligro.
-Me gusta mirar las estrellas. ¡Son muy bonitas!
-¿Ha pasado alguna noche despierta perdida en la noche?
-¿A qué se refiere?
-A admirar la belleza de la oscuridad. A caminar por las calles de Londres sin saber adónde ir, sólo porque necesita sentir la noche.
                  Parthenia pareció beber cada una de las palabras que pronunciaba lord Ruthven. Estaba a solas con él en el jardín de su casa. Podía escuchar el sonido de las conversaciones. Sin embargo, se sentía aislada por completo del mundo. Y le gustaba aquella sensación.
-Nunca lo he hecho-se sinceró la joven.
-¿Quiere probarlo?-inquirió lord Ruthven.
                  Se acercó mucho a ella. Parthenia sintió el olor que desprendía aquel hombre. Y también pudo sentir la frialdad que transmitía su cuerpo. Una frialdad que contrastaba con el fuego que veía encendido en sus ojos.
                   Entonces, lord Ruthven posó sus labios sobre los de Parthenia. La joven se puso rígida al sentir los fríos labios del joven aristócrata sobre los suyos. Sin embargo, poco a poco, el beso se fue tornando cada vez más apasionado. Sin darse apenas cuenta, Parthenia rodeó con sus brazos el cuello de lord Ruthven. Correspondió a aquel beso. No podía pensar con claridad y tampoco quería pensar con claridad.



-Parthenia...-dijo alguien.
                     Una voz joven y femenina les hizo separarse. Parthenia se giró y se encontró con Becky.
-Te estaba buscando-le dijo su amiga.
-Me tengo que ir-le dijo Parthenia a lord Ruthven.
-Nos veremos de nuevo, milady.
                  Parthenia fue al encuentro con Becky. Su amiga estaba escandalizada. ¿Qué estaba haciendo Parthenia con aquel hombre en el jardín? Tembló al pensar en lo que quería hacerle aquel hombre a su amiga. ¿Acaso no se daba cuenta? Vio algo que la dejó helada.
-Tienes sangre en un labio-observó.
                  Parthenia aceptó el pañuelo que le ofreció Becky. Se limpió los labios.
-¿Qué estabas haciendo con lord Ruthven en el jardín?-la regañó Becky-¿Y cómo es que tienes sangre en los labios? Prefiero no saberlo. ¡Te estaba besando!
-Ha sido un error-dijo Parthenia.
                     Pero no estaba muy convencida de lo que estaba diciendo. Becky lo advirtió.
-Tu prometido te está buscando-le advirtió-Y tu padre también te está buscando.
-He salido a hablar con lord Ruthven-le explicó Parthenia-Hacía una noche agradable. Me apetecía tomar el fresco.
-No soy quién para darte consejos. Pero ese hombre se estaba tomando libertades contigo.
-Lo sé. Si mi prometido se entera, lo desafiará en un duelo. Y yo tengo que callarme si Piers se acuesta con otras mujeres. No soy tan tonta como aparento, Becky.
-Piers será lo que sea. Pero debes de tener cuidado, Parthenia.
-Hablaré con él. Le diré a lord Ruthven que no debe de volver a pasar. No te preocupes, Becky.
                   Pero Parthenia aún sentía sobre su boca la boca de lord Ruthven. En el jardín, el joven aristócrata recordaba el sabor de los labios de Parthenia. Pronto, pensó. Muy pronto...